Los días se convierten en noche, y la noche envuelve mi horas. He cambiado la luz natural por la de tres lámparas, unas cuantas ampollas de luz eléctrica y un destello que emana de la pantalla. El desayuno ya no tiene sentido y he cambiado la bebida caliente de la noche por un bol de cereales. Vivo cuando ellos duermen. Pienso por fin cuando nadie está.
A veces hay que aparentar ser persona, seguir la dinámica de grupo, despertar con el sol que calienta las mejillas, pasar por agua, subirse a unos tacones altos, pintarse de rojo los labios, alzar la voz y aguantar hasta que el cuerpo, aún despierto, empieza a vacilar. Se tambalea, no tiene sueño. Se vuelve a tumbar, sigue aguantando, y todo porque el cerebro quiere más. Sí, siempre quiere más palabras.
Transportada dentro del mismo momento, dejé la gélida noche sobre cuatro ruedas para encontrarme bajo una suave lluvia, que ni fría ni cálida, iba impregnando mi piel. Con los ojos bien abiertos, atentos a los detalles, bebía de las palabras y de tus gestos. Se convertían, con un poco de imaginación, en hechos. Hechos y fantasía con los que, por unos instantes, volvía a soñar. Nadaba entre las gotas de lluvia y la cima de las nubes, rozando las copas de los árboles y siguiendo el curso de los ríos. Desplegaba mis pesadas alas, las hacía batir con fuerza, ganaba velocidad y altura para luego seguir planeando con suavidad. Volvía a volar. Y sí, todo con un poco de imaginación.
Algún aliado le quedaba. Se había caído pero le había tendido la mano. El resto fue pura mecánica biológica: obra de su propia naturaleza.
Su piel se deshizo y mudó, cambió su textura, se volvió suave como la seda, cálida como el sol y dura como una roca pulida por las olas del mar. Por fin se erizó. Su corazón empezó a bombear sangre a un ritmo cada vez mayor. Sus músculos se tensaron y el menor movimiento le hacía sentir ese poder, fruto de esfuerzos pasados, que tanto tiempo llevaba escondido en el olvido de sus recuerdos.
Su interior rugía. Un temblor ardiente, una determinación de fuego. El ceño fruncido, los dientes apretados. La frente bien alta y su largo pelo elegantemente recogido para la batalla. Sus labios carnosos unidos, se alimentaban de deseo. El deseo de un cuerpo al que enfrentarse, sobre el que deshacerse, que intimidar y al que entregarse, para el que luchar y del que defenderse.
Al salir del túnel, sus ojos, fijos en el horizonte de la línea blanca que se dibujaba entre las luces de los coches, habían ansiado alcanzar la velocidad máxima. Quería llegar a las estrellas pero no por el camino fácil. Sabía que su sabor no sería el mismo. Decidió endosar su armadura, desenfundar la espada y derribar uno a uno sus enemigos. El miedo sólo era ese desconocido que, aturdido ante semejante adversario, perdía consistencia y se iba difuminando tal la niebla que con la mañana desaparece. Pero por si por algún lugar de la noche pudiese estar aguardando la próxima caída, lanzó desde lo más profundo de su ser el rugido kiai que, tras recorrer cada rincón de su cuerpo, advirtió al mundo de la nueva fuerza que se acababa de forjar.
"Al igual que muchas personas que había conocido en su vida, Drumlin la había llamado una romántica incurable. Una vez más Ellie se preguntó por qué muchos consideraban esa peculiaridad como un defecto que les producía vergüenza.
Para Ellie, el romanticismo había sido la fuerza motriz de su vida, fuente de innumerables placeres. Defensora y practicante del romance, partió a reunirse con el hechicero."
Esta noche ha sido devastadora, ha
caído la tormenta que todos esperaban mientras dormíamos
apaciblemente. Algo nos ha hecho temblar. Un estremecimiento ha
recorrido la piel de nuestra espalda desnuda. Las mantas no han sido abrigo
suficiente. Y al despertar, te habías ido ya, mientras aquí todos
nos quedábamos atrapados en una casa grande pero muy fría. Otros,
sin embargo, no han tenido nuestra misma suerte y se han ahogado
estando en tierra.
Ahora que todo ha pasado, los rayos del Sol ya no vuelven a calentar como antes. Se ven, pero solo iluminan
los destrozos de la noche fatal acaecida en cuestión de horas. Se
difuminan porque ya no brillan. Hace frío. Ha llegado esa especie de
invierno del que tanto sufrimos algunos.
Seis años de vacío, ausencia, irrespetuosidad, falsedad y descortesía. Esos son los años de universidad en los que apenas me dirigiste la palabra, ni siquiera para responder a un saludo. No te alegraste nunca por mi éxito, ni por mis logros, ni estuviste cuando más te necesitaba. Me dejaste ahí tirada a mi suerte. Aún así, me hiciste crecer, abrir los ojos, y empezar a disfrutar de la soledad de la compañía de mí misma. Y ahora que ya no soy una chiquilla, ahora que soy una gran mujer con mis propios valores y mi vida a medio construir, te arrastras, quieres saberlo todo, te arrodillas, insistente, para que te otorgue una hora de mi tiempo. ¿Pero con qué derecho? Ninguno. El tiempo es oro, y sólo unos pocos son merecedores del mío.
No más equivalentes, ni abreviaturas ni símbolos. No más palabras, ni líneas, ni párrafos. No más correos, ni mensajes, ni textos, ni tablas, ni recuadros con términos. No más lenguas maternas ni extranjeras, ni sonidos ni notas ni compás. No más imágenes, ni vídeos ni esquemas. No más matices, ni luces tampoco. Nada más por hoy.